La poesía española desde 1939

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La poesía española desde 1939

Mensaje  Admin el Sáb Mayo 22, 2010 5:52 pm

La poesía del destierro
A causa de la Guerra Civil, un gran número de autores españoles se vieron obligados a salir de España. La mayoría de estos siguió publicando allí donde se encontraban. Ya hemos hablado del caso de Juan Ramón Jiménez, que desde América siguió buscando la Belleza. Dentro de la Generación del 27 debieron exiliarse Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda. Federico García Lorca murió en los primeros días de la contienda y Miguel Hernández unos años después.
Desde fuera de la madre patria, los autores se encuentran más libres para decir lo que piensan y para denunciar lo que, de haber permanecido en España, hubieran debido callarse.
León Felipe, un autor ajeno a cualquier etiqueta generacional, autor de Versos y oraciones del caminante (1920), se exilió a México, donde murió.
Otros autores exiliados muy cercanos a los del 27 fueron Juan José Domenchina, Juan Rejano y Pedro Garfias.


La poesía de los años cuarenta
La Guerra Civil Española (1936-1939) supuso una ruptura absolutamente determinante en todos los órdenes de la vida, y la poesía no podía ser menos. Una vez acabada la contienda, el arte resurgió, aunque no puedo evadirse de la situación político-social que vivía España. Así, la conocida como Generación del 36 nace escindida en dos grupos opuestos:
Poesía arraigada: formada por Luis Felipe Vivanco (El descampado), Leopoldo Panero (Canto personal), Luis Rosales (La casa encendida) y Dionisio Ridruejo (Elegías). Comparten un hondo sentimiento religioso y quieren olvidar la guerra recién acabada. Para ello, escriben sobre temas como Dios, la naturaleza, el amor, la familia o el paisaje. Publican sus poemas en las revistas Escorial (fundada en 1940) y, principalmente, en la revista Garcilaso (1943). Esta revista reúne a un grupo de autores denominados juventud creadora entre los que destacan los ya mencionados, además de José García Nieto, director de la revista.
Poesía desarraigada: en 1944 surgió un movimiento opuesto al anterior. La publicación de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y de Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, así como la aparición de la revista poética Espadaña, fueron tres aldabonazos en la conciencia poética de nuestro país. Estos autores no están conformes con el mundo que les rodea, y lo gritan a los cuatro vientos. Se enfrentan a los autores de Garcilaso por medio de una poesía comprometida y directa, en la que lo importante es el contenido y no la forma. Los autores principales de este grupo son Victoriano Crémer y Eugenio de Nora.
En 1947, José Luis Hidalgo publicó Los muertos. El autor murió unos días antes de su publicación, aunque esta obra ha quedado como un manifiesto de la angustia ante la muerte y la búsqueda de un Dios ausente.
Tanto la publicación de las obras de Aleixandre y Alonso como la aparición de la revista Espadaña supusieron la apertura de un nuevo camino a la poesía española: la poesía social.
La poesía social de los años cincuenta
Bajo la influencia de los autores de Espadaña se va desarrollando una poesía preocupada por la realidad social, por los problemas humanos, por la injusticia y por la miseria. Se trata de una poesía rehumanizada que sirve como instrumento de denuncia y de compromiso social. El lenguaje se hace sencillo para poder ser entendido por todos, los temas se acercan a las preocupaciones de la gente de la calle y los autores intentan que lo más importante de sus poemas sea el mensaje que pretenden transmitir, es decir, el contenido, por encima de la forma poética. Por ello, emplean con frecuencia el verso libre y el versículo, aunque esto no impide que los poemas tengan una cuidada elaboración formal. Algunos de los autores de esta poesía social creen que debe ser un instrumento para transformar el mundo, algo útil y cercano, dirigido a la inmensa mayoría (Blas de Otero), muy al contrario del propósito de Juan Ramón Jiménez, empeñado en escribir a la minoría siempre. Esta poesía recibe influencias de Antonio Machado y, sobre todo, de Miguel Hernández.
Gabriel Celaya (1911-1991)
Vasco de nacimiento, su verdadero nombre era Rafael Múgica. Mantuvo contactos, siendo muy joven, con los autores del 27, junto a los cuales entró en contacto con el surrealismo. Antes de la Guerra Civil publicó Marea de silencio (1935) y La soledad cerrada (1936), con influencia del posromanticismo de Bécquer y fruto de su estancia en la Residencia de Estudiantes. Tras la Guerra, su poesía se vuelca en la preocupación social, por lo cual es considerado el principal autor del realismo social de los años cincuenta. Escribe: “Nada de lo que es humano debe quedar fuera de nuestra obra”; “La poesía no es un fin en sí. La poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo”. Sus obras principales son Tranquilamente hablando (1947), Las cosas como son (1949) y Cantos iberos (1955).
Blas de Otero (1916-1979)
Muy preocupado por la realidad social de la España de los años cincuenta, toda su poesía gira en torno a los siguientes temas: el sentido de la vida, la función de Dios en el mundo, sus recuerdos de la Guerra y las consecuencias de la posguerra. Por ello, su poesía puede ser etiquetada como existencialista, comprometida. Utiliza un lenguaje aparentemente sencillo, en el que abundan las aliteraciones, los paralelismos, los juegos de palabras o las expresiones coloquiales. Cántico espiritual (1942) lo adscribe desde muy pronto a la poesía social: presenta a un Dios que se olvida del hombre, que lo desdeña. Este tema se repite en Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951) –refundidas y ampliadas ambas en Ancia (1958)–. La principal de sus obras, y quizás la mejor representante de las preocupaciones sociales del autor, es Pido la paz y la palabra (1955). En 1974 el propio autor publica una antología de su obra titulada Verso y prosa en la editorial Cátedra, con la ayuda de su compañera sentimental, Sabina de la Cruz.
Rafael Morales (1919)
Afirma “ser poeta con los dos ojos muy abiertos para la verdad, la libertad, el amor y la justicia..., ya que mi poesía, por humana, no puede estar ajena a algo tan humano como todo eso, pero tampoco a todo lo demás”. Evidentemente, estas palabras lo convierten en un insigne representante de la poesía social. Sus publicaciones principales son Poemas del toro (1943), El corazón y la tierra (1946), Los desterrados (1947), Canción sobre el asfalto (1954) y La máscara y los dientes (1958). En 1954 recibió el Premio Nacional de Literatura.
José Hierro (1922-2002)
Aunque nace en Madrid, con sólo dos años su familia se traslada a Santander, ciudad en la que crece y donde le sorprende la Guerra Civil Española. Se afilia a la Unión de Artistas y Escritores Revolucionarios y, en 1937, en plena contienda, escribe su primer poema: “Una bala le ha matado”. Su expresión es sencilla, seca, directa. Se preocupa por la realidad que le rodea y pretende que sus poemas sean claros y perfectamente comprensibles. A causa de sus actividades clandestinas, permanece en prisión entre 1939 y 1944. Al quedar libre, comienza su colaboración con algunas revistas literarias, como Corcel o Prole. En 1947 publica Tierra sin nosotros y Alegría. Esta segunda obra le supuso la concesión del premio Adonáis de poesía. En 1952 se traslada definitivamente a Madrid, donde desarrolla el resto de su obra: Quinta del 42 (1952), Cuanto sé de mí (1957), Libro de las alucinaciones (1964) y Cuadernos de Nueva York (1998), su última gran obra.
Ha recibido numerosísimos premios, entre los que destaca: Premio Nacional de las Letras Españolas (1953 y 1990), Premio Nacional de la Crítica (1957 y 1964), Premio Príncipe de Asturias de Literatura (1981), Premio Reina Sofía de poesía española e hispanoamericana (1995) y el Premio Cervantes (1998).
La poesía de los años sesenta
La poesía social de los cincuenta, como hemos visto, extiende su influencia a través de los años sesenta, ya que su importancia social, estética e histórica es innegable. De todos modos, se comienza a percibir un cierto agotamiento de los temas y de las formas, con lo que algunos autores, aun siguiendo con el realismo social, pretenden buscar nuevos caminos poéticos. La forma de los poemas va tomando importancia frente al contenido, al mensaje, que continúa siendo esencial. Los autores ya no se ciñen exclusivamente a temas sociales, sino que incluyen temas humanos de toda índole, sin perder el compromiso inherente a este tipo de poesía.
Nacidos entre 1925 y 1938, conocieron la Guerra Civil durante su infancia, y viven plenamente la dureza de la posguerra. Aunque la mayoría de estos autores comienzan a publicar durante los años cincuenta, su madurez artística no llegará hasta los años sesenta, razón por la cual los incluimos en este apartado. En cualquier caso, hemos de ver a estos poetas como la continuación lógica y evolucionada de sus antecesores de la década anterior, a los cuales admiran y leen ávidamente.
Ángel González (Oviedo, 1925)
Se trata del mejor representante de la poesía social de los sesenta ya que su obra es la continuación de los temas y las preocupaciones de Celaya o Blas de Otero. En su poesía encontramos, así mismo, el tema del amor como uno de los predominantes. Con Áspero mundo (1955) inicia su andadura poética: se trata de una poesía eminentemente existencialista, comprometida con la realidad de su tiempo. En 1961 publica Sin esperanza, con convencimiento, en la cual parte de sus recuerdos de la Guerra Civil e introduce la ironía como arma frente al pudor del recuerdo. La ironía se convertirá desde este momento en uno de los rasgos más destacados de la poesía de Ángel González. Palabra sobre palabra (1965) supone una ruptura con respecto a su obra anterior, ya que se trata de un excepcional poemario amoroso. En 1967 vuelve a las preocupaciones sociales con la publicación de Tratado de urbanismo. Su última gran obra es Prosemas o menos (1985), escrita con voluntad de experimentación. En 1985 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y desde 1996 es miembro de la Real Academia Española.
José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926)
Introduce en su poesía su propia biografía, por lo que en realidad se trata de un testimonio directo y preciso por parte del autor de la sociedad de estos años. Las adivinaciones (1952) se enmarca en este propósito de confesión personal y comprometida. Vivir para contarlo (1969), además de ser un compendio de toda su poesía hasta esa fecha, se convierte en un testamento personal de Caballero Bonald. Descrédito del héroe (1977) y Laberinto de fortuna (1984) son dos de sus mejores obras. En su obra aparece Andalucía frecuentemente. Utiliza un lenguaje barroco y muy cuidado, sin olvidar el tratamiento de temas sociales.
La poesía de los años setenta
Los autores pertenecientes a esta promoción se sienten lejanos de la Guerra Civil y sus consecuencias, por lo que van olvidando paulatinamente los temas sociales y emprenden la búsqueda de nuevos caminos para la poesía. Otra vez se fija la mirada en los autores del 27, especialmente en aquellos que cultivaron el surrealismo en su obra: Aleixandre, Lorca. Estos poetas huyen del realismo y emprenden una búsqueda que les llevará al tratamiento de temas como el amor, el escepticismo, los motivos culturales o la libertad creativa.
En 1970 se produce un hecho cultural de vital importancia para fijar cuáles son los autores más destacados que se circunscriben a esta generación: José María Castellet publica una antología poética titulada Nueve novísimos poetas españoles. En ella aparecen: Vázquez Montalbán, Félix de Azúa, Pedro Gimferrer, Ana María Moix, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Leopoldo María Panero, José María Álvarez y Antonio Martínez Sarrión, los cuales serán considerados desde ese mismo momento como los abanderados principales de las nuevas tendencias poéticas. Éstas se basan en la atención que prestan a la pintura, la música, la arquitectura, la literatura de otros países o al movimiento modernista capitaneado setenta años antes por Rubén Darío. Incorporan elementos surrealistas en sus poemas y prestan una gran atención a los medios de comunicación de masas –cine, televisión, cómic–. Es la poesía de la sociedad capitalista de consumo, a la que critican duramente. Los primeros libros llegan a finales de los años sesenta: Arde el mar (1966) de Pedro Gimferrer y Dibujo de la muerte (1967) de Guillermo Carnero abren el camino para el resto de poetas. Rompen con la cultura tradicional e incorporan en sus poemas un gran número de motivos culturales, lo cual les ha valido el sobrenombre de culturalistas.
Pedro Gimferrer (Barcelona, 1945)
Es uno de los mejores representantes de la poesía culturalista cultivada por los poetas novísimos. En 1966 publica su primera obra, Arde el mar, con la que obtiene el Premio Nacional de Poesía con sólo 21 años. La muerte en Beverly Hills (1968) es su obra más reconocida, en la que destaca la gran influencia del cine sobre el autor. Reúne sus poesías en español en Poemas (1963-1969). Desde 1985 es miembro de la Real Academia Española.
Guillermo Carnero (Valencia, 1947)
Debido a su sólida formación intelectual y a la continua introducción de motivos culturales en sus poemas, Carnero representa la tendencia culturalista de los autores novísimos. Tanto él como Pedro Gimferrer han sido calificados como poetas venecianos por su esteticismo y su cuidado de la elaboración poética. Entre sus obras destacan: Dibujo de la muerte (1967), El sueño de Escipión (1971), El azar objetivo (1975) y Verano inglés (1999), con el que obtiene los premios Nacional de Poesía y Nacional de la Crítica, ambos en 2000.
La poesía desde los años ochenta hasta hoy
Es bastante difícil decidir cuáles son los autores más destacados de los últimos veinte años de nuestra literatura, ya que aún nos falta la necesaria perspectiva histórica para poder hacer una criba justa y correcta. Las características de la poesía de estos años son bastante diversas e, incluso, divergentes. No se aprecia una dirección única o una tendencia predominante, por lo que nos limitaremos a presentar tanto las características comunes a la mayoría de los autores actuales como las obras más representativas de este periodo. No podemos olvidar que durante los años ochenta y noventa la mayoría de los autores pertenecientes a las generaciones de los años sesenta y setenta continúan publicando más o menos regularmente, con lo que esta coincidencia de tendencias debe ser tenida en cuenta. Las características, pues, de la poesía actual son:

Los autores se encuentran dispersos geográficamente, es decir, no se detecta un centro de atracción (como París para los modernistas, o la Residencia de Estudiantes para los autores del 27) que los aúna.

Hay un gran número de concursos poéticos, organizados en su gran mayoría por organismos públicos. Esto ha propiciado que el número de poetas sea tremendamente alto, así como el de publicaciones.

No hay una voluntad clara de romper con la poesía anterior sino que, antes al contrario, se detecta un respeto por la tradición literaria y un cierto continuismo de algunas tendencias poéticas, como la poesía intelectualista (Jon Juaristi, Víctor Botas), la poesía surrealista (Aníbal Núñez) o el realismo crítico (Luis García Montero).


En la poesía de los últimos veinte años no se ha impuesto ninguna estética sobre las demás, es decir, el pluralismo poético es la nota predominante en este periodo, quizás a causa de la falta de perspectiva histórica que señalábamos más arriba.

Una gran parte de los poemas suelen ser narrativos o, incluso, coloquiales, con lo que se acerca la lírica a la prosa. Además, suelen estar situados en ambientes urbanos.


A continuación, citaremos a los poetas que consideramos más destacados de estos últimos veinte años:
Antonio Gala (1936)
Se trata de uno de los autores más conocidos de nuestra literatura actual. Ha cultivado con igual éxito la poesía, la novela y el teatro. Colabora habitualmente con periódicos y revistas de toda índole. El tema habitual de su poesía es el amor en todas sus vertientes: ilusionado y desilusionado; perdido y encontrado; en la juventud y en la vejez; heterosexual y homosexual. En 1959 gana el premio Adonais con Enemigo íntimo. Otros títulos destacados son 11 sonetos de La Zubia (1981), 27 sonetos de La Zubia (1987), Poemas cordobeses (1994), Testamento andaluz (1994) y Poemas de amor (1997).
Víctor Botas (1945-1994)
Representante de la poesía intelectual de los años ochenta, destaca por su poesía intensa y emocionada. La ironía es su recurso literario predilecto, y está presente en la mayor parte de su obra. Comienza su carrera literaria con Las cosas que me acechan (1979), obra a la que siguen Prosopon (1980) e Historia antigua (1987). Recoge lo mejor de su obra en Poesía (1979-1992). Es un gran recreador de poemas ajenos (Horacio, Pessoa, Marcial...).
Luis Alberto de Cuenca (1950)
Cultiva tanto la poesía clásica como las formas modernas, con lo que ha alcanzado un estilo realmente personal. Ha sido director de la Biblioteca Nacional y Secretario de Cultura durante el gobierno del Partido Popular. La caja de plata (1985) le vale el Premio Nacional de la Crítica. Otras obras destacadas son: El otro sueño (1987) y El hacha y la rosa (1993). Reúne su poesía completa hasta 1996 en Los mundos y los días.
Jaime Siles (1951)
Se inspira en elementos filosóficos y utiliza un lenguaje depurado e intenso, en el que encontramos pocos recursos literarios. Entre sus obras destacan: Canon (1973), Música de agua (1983), obra por la que ganó el Premio Nacional de la Crítica, Poemas al revés (1987) e Himnos tardíos (1990).
Luis Antonio de Villena (1951)
Adopta en su poesía una postura esteticista de influencia modernista, en la que las referencias culturales y eruditas están muy presentes. Además, la ironía, como otros autores de su generación, se convierte en el principal de los recursos que utiliza. Su mejor poemario es Huir del invierno (1981), Premio Nacional de la Crítica. Otras obras suyas son: Celebración del libertino (1998) y Amores iguales (2002).
Andrés Sánchez Robayna (1952)
Funda la revista Literradura en 1976 y publica, en 1979, Cima. Su poesía ha sido calificada como esencial o neopurista, enlazada con la corriente gongorista y simbolista de los autores del 27. Se trata de una poesía que pretende sugerir más que decir: es la poesía del silencio. La roca (1984) es su mejor obra. El autor se pregunta por el paso del tiempo en una poesía metafísica y mística.
Andrés Trapiello (1953)
Colabora habitualmente con diversas publicaciones. Es director de la colección de poesía “La Veleta”. En 1980 comienza su carrera poética con Junto al agua. Posteriormente publica La vida fácil (1985), Las tradiciones (1991) y Acaso una verdad (1993), obra por la que se le concede el Premio Nacional de la Crítica.
Luis García Montero (1958)
Trabaja como profesor en la Universidad de Granada. Además, colabora habitualmente como columnista en diversas publicaciones. Es el principal representante de la poesía del realismo crítico. Sus obras más destacadas son: Y ahora ya eres dueño del puente de Brooklyn (1980), Tristia (1982), Diario cómplice (1987), Habitaciones separadas (1994) y Completamente viernes (1998).

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